¿Redes a-sociales?

Permanecen frente a frente, pero no se miran. En apariencia los separa una mesa; en realidad están en dimensiones distintas.

Ha olvidado lo que es estar en el autobús y quedarse con la mirada absorta; casi ha olvidado lo que es observar, pensar.

Está contando algo importante de su vida, pero no la escuchan. Sonríen como si entendieran, pero no le están prestando atención.

Se reúnen una vez por semana. Su cuerpo está allí y, sin embargo, su cabeza está en otra parte. No se ha fijado en el vestido nuevo de la pequeña, tampoco en una sonrisa que ha perdido la inocencia.

Es la primera vez que ve un atardecer en Oriente y rápidamente interpone una cámara entre sus ojos y el paisaje. Luego querrá compartir la foto con sus amigos y para cuando la haya enviado y quiera retomar la visión del cielo, el sol habrá desaparecido en silencio.

Están tomando unas cervezas en el bar. Quizá incluso la persona que le gusta lo está mirando, pero él no lo sabrá: está perdiendo la capacidad del contacto real.

¿Cómo estamos usando la tecnología y las redes sociales? No cabe duda de que una revolución como la que hemos vivido en este campo requiere tiempo para ser asimilada y que en efecto sirva al progreso. Digamos que estar más comunicados con quienes están lejos en lugar de hacerlo con quienes tenemos en frente, no es precisamente lo que se llamaría un avance para la humanidad. Y sin embargo, esta es una de las principales consecuencias de la instalación de las nuevas herramientas tecnológicas en nuestras vidas.

Otro de los desajustes que ha generado el mundo online es la anarquía que lo caracteriza. Son muchos los que aprovechan la distancia física, el hecho de no verse ni oírse, para incurrir en malos modales que en teoría habíamos convenido evitar. Ahí está, por ejemplo, la extendida costumbre de dejar colgada una conversación por WhatsApp o Facebook. Llegados a este punto nos tenemos que plantear si las normas de educación que aplicamos a las redes sociales van a ser distintas de las que convencionalmente seguimos. Ya existen protocolos en Internet sobre las pautas a seguir en nuestras relaciones virtuales. Pero es evidente que su cumplimiento todavía dista mucho del deseable. Quizá es que somos demasiado nuevos en esto. Es cuestión de pensar en ello y de aplicarlo.

Las formas dudosas, la bulimia informativa y comunicativa, además de la obsesión por estar conectado, son algunos de los efectos de las redes mal llamadas entonces “sociales”. ¿Sociales porque estás dispuesto a perderte lo que estás viviendo para contárselo a quien no está presente físicamente? ¿O más bien sociales porque tienen sus propios códigos? Convengamos, por otro lado, que estos códigos tienden a ser superficiales: en Twitter he llegado a leer a gente que critica a los que se ponen profundos y en Facebook tienen muchos más likes las imágenes que los textos que requieren mayor concentración. Eso sin tener en cuenta el disgusto estético que suponen las faltas de ortografía, aunque haya estudios que demuestren que no ha empeorado el nivel ortográfico de los adolescentes por el uso del móvil.

No obstante, el ser conscientes de estas cuestiones no debe llevarnos a despreciar ni a desaprovechar las numerosas posibilidades que nos brindan las redes. No podemos permitirnos tampoco dejar de asistir a cómo están cambiando a la sociedad.

Gracias a las redes encontramos a personas de la infancia que uno creía ilocalizables, mantenemos el contacto con gente querida que vive lejos, hasta sostenemos relaciones amorosas en la distancia. Ni qué decir tiene la bocanada de aire fresco que han supuesto dichas redes para la aparición y complemento de nuevas ideas, el resurgimiento de cierta creatividad –motivada también por la crisis- y las posibilidades de capitalizarlo para el trabajo, sobre todo en un país como España con su alarmante índice de desempleo. Estamos viviendo una nueva realidad que está transformando la manera de relacionarnos y que dibuja nuevos escenarios para las distintas facetas de nuestras vidas.

En otros tiempos las parejas no solían vivir en distintos países, con todo lo que eso implica. Con la actual situación de precariedad laboral, una oportunidad puede obligar a una pareja a separarse. Las herramientas que son las redes posibilitan que la distancia física sea más llevadera entre dos personas. También es cierto que en muchos casos no es suficiente y que las parejas se rompen más a menudo y en más casos que antes.

Antes ni si quiera viajábamos tanto, ni éramos tantos los que nos movíamos por el mundo. Tampoco pasábamos largos períodos alejados de casa. Seguro que sin ese Skype semanal tan necesario con la mejor amiga, el novio o los padres, sin ese apoyo virtual, habría más casos de personas que no habrían aguantado la separación.

Como ya ocurría con los medios de comunicación tradicionales, la era tecnológica es el reflejo de lo que somos y al mismo tiempo nos modifica. Las redes sociales atraviesan nuestras vidas, pero como sociedad tenemos el deber de decidir hacia dónde queremos que nos conduzcan en nuestras relaciones y respecto a nosotros mismos.


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Licenciada en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Presentadora, Analista Internacional, Escritora freelance y Blogger Arte, Cultura, Viajes. Actualmente Directora de Operaciones en sector Ocio y Turismo. Sitios web: http://www.visionandina.blogspot.com & http://www.laletravive.blogspot.com

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