¿Cómo puedo ser un padre exitoso?

A mi memoria llegan las sabias palabras, que a manera de consejo, el sacerdote Miguel, director del colegio donde se educaron mis hijos, siempre nos las pronunciaba para recordarnos la enorme responsabilidad que tenemos los padres de educar temprana y oportunamente a nuestra generación de relevo: “Los niños son como árboles, debemos escoger una tierra fértil para sembrarlos, removerla de manera constante y abonarla, y de manera sigilosa, debemos estar pendiente de que durante su etapa de crecimiento, vaya creciendo de una manera recta, vertical, ya que un árbol que crezca torcido, jamás podrás enderezarlo. Cuiden a sus hijos, abonen su mente y corazón, con buenas enseñanzas y ejemplos; así crecerán como un buen ciudadano, hijo, hermano, y amigo”.

Ser padres no es tarea fácil, y muchos son los errores que cometemos, especialmente con nuestro primogénito, por falta de experiencia y conocimientos de como educar de manera correcta a nuestros hijos.

Uno de los errores más frecuentes que se cometen durante la crianza de nuestros vástagos, es ese imperioso deseo de que ellos sean modelos de la perfección humana.

Esta actitud noble de nuestra parte, hasta inocente, pero pedagógicamente errada, nos conlleva a someter a esas tiernas criaturas en formación, a las más severas e injustas críticas, regaños, e incluso, hasta hay quienes llegan a ocasionar maltrato físico y verbal, que si bien podrían lograr moldear alguna conducta en ellos, con toda seguridad les deja huellas amargas de nuestra actuación como padres y educadores.

A continuación les dejo esta hermosa historia, escrita por W. Livingston Larned, que narra las reflexiones de un padre, acerca de su inconformidad de cómo él había tratado a su pequeño hijo:

“Papá Olvida”

Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida.

He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.

Esto es lo que pensaba, hijo: Me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con la toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.

Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papá!”, y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ten erguidos los hombros!”

Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.

¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca, y entraste tímidamente con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta. “¿Qué quieres ahora?” Te dije bruscamente. Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aún el descuido ajeno puede agostar. Y luego te fuiste a dormir, y se oían tus pasos ligeros escalera arriba.

Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mi un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; esta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años maduros.

Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste con tu espontaneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado a tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.

Es una pobre explicación; se que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto pero mañana seré un verdadero papa. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.

Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado.


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Ingeniero y Empresario, escritor independiente, autor de los libros: "Actitud Positiva Éxito Seguro", "Como Hacer Para Mantenerse Feliz Por Más Tiempo", "Grandes Secretos De Mi Éxito", "Misión Terranova", todos correspondientes a la serie "Gerencia Del Buen Vivir", ramo de la gerencia, dedicado al estudio y promoción de la Calidad y Estilo de Vida, que Osno Monto se ha propuesto desarrollar, dejando la puerta abierta a la participación de todas la personas amantes del buen vivir.

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