¿Cómo puedo hacer más felices a mis estudiantes?

Atraído por la algarabía de los estudiantes con los útiles escolares, me atreví a buscar algo que me sirviera para mejorar mis clases. Pensé,  “si hay tantas cosas para el estudiante, seguro encuentro algo que me ayude  a mejorar la relación con mis alumnos”. Animado me dirigí a la librería, al llegar me atendió una señorita que gozaba de una sonrisa forzada, como queriendo parecer amable.  Le dije: ¿Me puede ofrecer algo para hacer felices a los estudiantes? La señorita se quedó sorprendida por mi búsqueda, pero yo quede más sorprendido al instante cuando ella  me contestó que sí. En mi interior dije “tengo arreglado el año”.

Se dio la vuelta y volvió con varias cosas. Primeramente sacó un folio lleno de caritas. Había tantas muecas en aquel papel que  algunas verdaderamente no las reconocí. Entonces me dijo: vea señor; esto lo puede utilizar para que sus alumnos comprendan como les fue en la tarea. Yo  volví a preguntar; ¿cree usted que mis alumnos serán felices sabiendo cómo les fue en sus tareas? ¿Cree que con estas caritas lo tomarán mejor cuando no les vaya bien? Abrumada con las preguntas tomo otro material. Sacó un libro lleno de chistes y adivinanzas, y me dijo. Vea señor: en este material usted encuentra los mejores chistes, seguro sus alumnos son felices con esto. Yo medio confundido volví a preguntar, usted cree que estos chistes hagan felices a todos.  Yo recuerdo los chistes de mi maestro e incluso los del cura de la parroquia y en verdad que había que rascarse la panza para poder gozar un poco. Pero con ganas de comprar algo le propuse que me contara uno y si yo reía  entonces lo compraba. La señorita tomó el libro  e intentó abrirlo, yo la miraba fijamente y de repente  empezó a reír, aquella mujer estaba a punto de orinarse. Era una de esas risas contagiosas así que mis carcajadas no tardaron, aunque me sentía con un mejor control del orina. Al final logró controlarse y me dijo: es que yo nunca he contado un chiste y me da vergüenza.   Le di las gracias y le pague el libro. Ella lo embolsó y trataba de dármelo cuando le detuve y le dije: se lo regalo,  seguro le serviría para reír más a menudo. Yo había entendido que no podrían venderme nada para hacer feliz a los estudiantes sino que la felicidad la llevaba  cada estudiantes, solo había que buscar alguna manera de mostrársela.


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