¿Funciona la educación en España?

¿Es adecuada la educación que reciben los niños españoles? El último informe PISA (Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) revela que este país está lejos no sólo de sus vecinos más avanzados de la Unión Europea, sino también de otros estados con índices de desarrollo más bajos que el español (como Estonia o Eslovaquia). Así, el nivel que demuestran los alumnos en lectura, matemáticas o ciencia es, por decirlo de una manera suave, mejorable, y dado que en pleno siglo XXI se hace necesario el dominio de otro tipo de mecanismos como la utilización de aparatos electrónicos o algo tan sencillo como coger el metro y llegar lo antes posible a nuestro destino, en el último estudio también se incluyeron pruebas de esta índole.

En este aspecto los resultados están también muy por debajo de la media de los países más desarrollados (lista encabezada por Corea del Sur y Singapur), al nivel de naciones como Serbia o Polonia. Curiosamente los alumnos inmigrantes sacaron mejores resultados que sus compañeros nacidos en España, quizá por el hecho de que han tenido que adaptarse a una nueva sociedad y ello agudiza el ingenio. Lo que está claro es que algo falla en nuestro sistema educativo, y hay que hacer algo para remediarlo.

Sin embargo, la realidad dice que desde la llegada de la democracia se han sucedido los cambios en las leyes educativas, aunque ninguno ha dado los resultados que se esperaban. Se han llenado las universidades, es verdad, pero el índice de fracaso escolar sigue siendo altísimo y con la llegada de la crisis se ha agudizado. Un porcentaje muy elevado de menores no termina los estudios secundarios (e incluso básicos), reduciéndose drásticamente sus perspectivas de éxito en el mundo laboral, y más en una época en la que ni siquiera los estudios superiores son garantía de empleo.

Algunas regiones españolas continúan a la cabeza entre las que mayor tasa de analfabetismo y absentismo escolar de la Unión Europea tienen, y ello unido a los datos anteriormente mencionado no puede sino achacarse a un sistema educativo fallido que necesita un giro de 180 grados, y no un cambio centrado en el apartado de las lenguas vehiculares como propone la LOMCE (la famosa y polémica “Ley Wert”). Un sistema en el que primen los elementos para que los niños y niñas aprendan a valerse por sí mismos y sean capaces de resolver problemas, que tengan autonomía y capacidad de decisión propia. De otra manera estarán abocados a un abismo cuando llegue el momento de abandonar la “comodidad” de las aulas y enfrentarse al gran salto que supone la vida real.

Países como Finlandia son ejemplo de un buen trabajo en el campo de la enseñanza, y todo ello con un sistema mucho menos rígido y capaz de flexibilizar horarios y destrezas, aunando el apartado práctico con el teórico y sobretodo con una serie de lecciones que nada tiene que ver con pasarse tardes enteras con los ojos pegados a un libro de texto. Asimismo, hasta los 16 años (límite de la escolarización obligatoria) todo el material que utilicen los alumnos, al igual que el transporte, son gratuitos, favoreciendo e incentivando el acceso a los centros de los grupos sociales más desfavorecidos. En España son muchos los menores que directamente no van al colegio porque la economía de sus padres no les permite gastarse más de quinientos euros sólo en lo imprescindible para poder acudir a clase.

Obviamente, los profesores tampoco están libres de culpa, y más de un 80% de los docentes reconocen que no están preparando de la mejor manera posible a las generaciones futuras. Uno de los motivos que alegan es el encorsetamiento de los currículum, con demasiada teoría y pocas posibilidades de salirse de la vía trazada. De cualquier modo es sabido que la metodología de cada maestro es completamente distinta, y quizá no sería mala idea establecer pruebas de evaluación para ellos también.

Tampoco podemos olvidarnos del papel que deben desempeñar las familias en el proceso de aprendizaje de un niño, igual de fundamental que el de los centros educativos. Un ambiente estable y motivador es básico para que haya una sed de conocimientos y de aprendizaje, constituyendo un punto intermedio entre el “pasotismo” y la sobreprotección. Si desde un primer momento al menor se le otorgan responsabilidades (acordes con su edad) con el paso del tiempo su preparación será adecuada y estará listo para afrontar cualquier tipo de problema cotidiano.

Las cosas no se están haciendo bien, es evidente, pero todavía hay margen para revertir la situación y conseguir que la educación española sea acorde a la situación del país en el ámbito internacional. No es aceptable estar a treinta puntos de Francia o Italia y a casi cien de Japón. Es necesaria una reforma profunda y consensuada que implique a todos los estratos de la sociedad para llevar a cabo algo tan fundamental como es el futuro de millones de niños y niñas.


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Periodista especializado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid y desempeñando trabajo en los campo del deporte, ocio y márketing.

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